sábado, 27 de febrero de 2010

Brasil

San Paulo.

16 días de vacaciones en Brasil. Escapar del frío invierno que está aconteciendo en Madrid para adentrarme a un clima tropical, es de agradecer. Si además puedes hacer alguna escapadita a la playa, tomar el sol, bañarte en la piscina mientras te relajas en la tumbona con un refresco en la mano, mejor aún.

Llegada a Sao Paulo.

Pese a las dos horas de retraso y mi escasa capacidad para dormir en el avión, conseguí adaptarme sin mayor problema al horario.
Según llegamos al hotel nos fuimos al gimnasio pues temía ir a la habitación y apalancarme en la cama. Corrimos un rato y luego nos fuimos a disfrutar de la piscina. Agua caldosa como a mí me gusta.
El hotel está muy bien aunque con respecto a las vistas no puedes tener grandes expectativas de la ciudad de Sao Paulo. Básicamente está constituido por Grandes mazacotes de hormigón. Es la tercera ciudad, después de Hong Kong y Nueva York (por escasos 100 edificios) con más rascacielos. Así que realmente no es una ciudad bonita.
Ahora, de lo que sí hemos podido disfrutar, es de la gran variedad de restaurantes, que al menos en Madrid, a no ser que vayas a las zonas más cool, difícilmente puedes disfrutar. La comida exquisita y los lugares preciosos y de todo tipo.
Era curioso llegar a la puerta de un restaurante y en principio desde fuera no esperarte encontrar gran cosa, pero una vez que entrabas te sorprendía de lo enorme que era por dentro y lo bien montado que lo tienen.
No he pateado san Paulo, después de leer todas las advertencias y riesgos que puede suponer una ciudad como ésta, sinceramente no me he atrevido mucho. Sólo un día patee la Avenida Paulista que está al lado del hotel, y de todos modos no lo disfruté. A mis las grandes ciudades y estar rodeada únicamente de cemento, no me atrae. Así que patear poco y cuando nos tenemos que mover, taxi
Es verdad que ésta ciudad ofrece muchos entretenimientos, como museos o el shopping, muy típico aquí pero que a mí no me va y encima es más caro que en España.

Así entre semana, cuando Carlos trabaja, me relajo y disfruto de unas verdaderas vacaciones sin hacer absolutamente nada y desconectando totalmente, cosa que no suelo hacer. Por las mañanas me voy al gimnasio y a la piscina, me tiro en la cama a ver pelis o juego a los sims con el portátil, así que no me puedo quejar porque estoy perreando lo que creo que nunca he hecho.





Bombinhas.

El primer fin de semana, que además era puente debido a los carnavales, nos escapamos hacia el sur a un lugar llamado Bombinhas para poder hacer submarinismo. Nos hubiera gustado escaparnos a Fernando de Noronha, un parque natural donde está muy restringido el poder ir y hay que coger los vuelos con mucha anticipación puesto que solo se admiten 200 visitantes por día. Por lo que hemos leído debe ser un lugar precioso y un paraíso para los submarinistas así que lo dejamos guardado como futuro destino.
Bombinhas es una zona de playa que nos recordó a Benidorm por la cantidad de gente, eso sí, no había casas altas. Pero las playas súper masificadas y eso a mí no me gusta mucho. Pero bueno, obviando ese detalle, el agua muy agradable y la arena de playa blanca y fina, muy paradisiaca.
Estuvimos alojados en una cabaña de dos plantas muy acogedora que nos consiguió el encargado del submarinismo, un hombre muy agradable y que se molestó en conseguirnos un sitio donde alojarnos y mandarnos un taxi al aeropuerto.
El submarinismo en sí no nos gustó demasiado. Quizás es difícil superar nuestras expectativas después de haber estado en la gran barrera de coral y en Koh Tao. Pero la cosa es que nos recordó un poco a Calpe, no demasiada visibilidad y no demasiada vida submarina.
Hay que decir que fuimos hasta una isla donde parte de ella estaba acotada por ser reserva natural, lógicamente a esa zona no dejaban ir, así que imaginamos que la vida seguramente se encontrara en el otro lado de la isla. Pero bueno, al menos nos quitamos un poco el mono de submarinismo aunque en la segunda inmersión nos fastidiaron un poco pues tuvimos que subir todos a superficie, cuando contábamos con 100 bares de oxígenos (la mitad del tanque), porque uno que no sabría respirar o relajarse, se quedó con 50, que es cuando hay que subir a superficie.
No entiendo eso, que por culpa de uno tengamos que subir todos. Para otra vez me voy a negar, si mi compañero y yo vamos bien de oxígeno y estamos en una zona que no es necesario guía, me quedo un rato más y que se suba el que se ha quedado sin oxígeno que es lo suyo y no fastidiar a todo el grupo.
Ese fin de semana era carnavales y puente, y aquello estaba masificado de gente. Por la noche hicieron un mini pase de carnaval por las calles, mucho meneíto.
Nosotros, que en ese aspecto somos como dos abuelos, nos fuimos pronto a dormir para poder al día siguiente despertarnos pronto e ir la playa antes de que todos los domingueros llegaran.
Fue un fin de semana de relax, de esos a los que nosotros no estamos acostumbrados pues siempre estamos de aquí para allá corriendo para que nos dé tiempo a ver lo máximo posible.











Río Janeiro.
El viernes según salió Carlos de trabajar nos fuimos al aeropuerto rumbo a Río. Una hora de vuelo que se nos pasó “volando” :p
Nos alojamos en el hotel Sheraton, a pie de playa, al final de la playa de Leblon. Al registrarnos pedimos una habitación con buenas vistas, y se portaron. Las vistas desde la habitación eran espectaculares.
Me encantó la situación del hotel. Era bajar una escaleritas al lado de la piscina, y estabas en la playa.
Como ya he dicho las vistas preciosas, la temperatura del agua aceptable, la arena fina y blanca. Pero una pega de la playa de Ipanema, que significa “agua mala”, es la gran resaca que tiene.
Las olas que rompían en la orilla eran grandes y fuertes, empujándote primero hacia fuera y luego empujándote hacia dentro. Sencillamente con meterte hasta la rodilla la fuerza de las olas conseguía tirarte e incluso revolcarte como me pasó. A Carlos también le revolcó una ola con una profundidad que llegaba por la cintura, que le dio unas cuantas vueltas y que casi le hace salir rodando a la orilla. Si no querías sufrir las embestidas de las olas tenías que meterte un poco hacia dentro. Pero entonces te encontrabas con otro problema, volver. Las corrientes eran muy fuertes y tenías que nadar en diagonal hacia la orilla para poder avanzar. Además, en cuestión de poco tiempo y sin darte cuenta, la corriente te llevaba hacia su antojo. Al volver a la orilla yo me agobie un poco porque me estaba cansando de nadar y veía que avanzaba muy poco. Pero vamos, sabiendo estas cosas, lo único es tenerlo en cuenta e ir con cuidado y pendiente. Pero una cosa tengo clara, me parece un gran peligro para los niños.
Así que los ratos de playa, al menos para mí lo que era dentro del agua, se dieron solo una vez, preferí tomar el sol en la orilla mientras Carlos chapoteaba mientras me saludaba con la mano insistentemente (pero tranquilos, no era de socorro… o al menos no me lo parecía), o irme a las tranquilas y calientes aguas de la piscina.









Pão de Açúcar (Pan de azúcar).
Subimos en teleférico para llegar al Pan de Azúcar. Las vistas espectaculares, se podían ver las playas de Copacabana e Ipanema. Pudimos también ver monos saltando entre los árboles y curioseando con los turistas.














Sobre las 20 h nos dirigimos hacia el sambódromo. Estaba aquello lleno de gente. Cogimos buenos asientos y aguardamos el comienzo pacientemente.
Era el fin de semana siguiente a las fiestas de carnaval, y en ese fin de semana desfilaban en el sambódromo las 6 mejores escuelas, siendo la ganadora la última en actuar.
Debo confesar que no le encontramos el espíritu. Cada escuela era algo más de una hora de desfile. Una hora sonando la misma y única canción a todo trapo. Varias carrozas, distintas representaciones, distintos disfraces y más o menos el mismo baile. Todo el mundo en pie para ver el desfile, por lo que tenías que estar levantado durante el rato que duraba el desfile. Al terminar la escuela pasaban los barrenderos para recoger los restos de cotillón, confeti y suciedad varia para dejar el paso preparado para la siguiente escuela. Nuevamente comenzaba una nueva canción distinta a la primera pero la única canción durante todo ese nuevo desfile. Distintas carrozas, unas más elaboradas que otras, distintas representaciones, disfraces y demás.
Aguantamos hasta la tercera escuela. Eran la 2:30 pasadas de la noche, el desfile había empezado a las 21 y estábamos cansados. Nos quedamos con ganas de ver la escuela ganadora pera a ver quién era el guapo que aguantaba hasta las 6.
Regresamos al hotel agotados por el día ajetreado.
Por la mañana pedimos un late check out y nos lo tomamos con calma, desayuno tranquilo en el buffet, playita, piscina y emprendimos nuestra siguiente excursión, un paseo por la Lagoa de Río.
Una de nuestras “grandes” ideas. Pasear alrededor de un lago a las 14 de la tarde bajo pleno sol con pantalones largos (vaqueros, en el caso del inconsciente de Carlos) sin saber muy bien la distancia hasta el restaurante que queríamos ir. Las personas con los que nos cruzábamos, todos con pantalones cortos o bañador, muchos sin camiseta, y algunos incluso sin zapatos (por el asfalto ardiendo, cosa que me llamó mucho la atención), nos miraban un poco raro.
Pero vamos, estas ideas de cable pelado e ir andando por donde no tenemos ni idea es un clásico de nuestras excursiones y no podía faltar.




















Encontramos el restaurante, un árabe que recomendaba la lonely planet a pie de lago. Comida muy rara que no nos gustó pero las vistas eran bonitas.
Tanta calma presagiaba la tormenta que se avecinaba…
Nos dirigimos a un helipuerto para poder hacer la excursión en helicóptero al Cristo de Corcovado. Sacamos los billetes y en 30 minutos salíamos. A esto que me viene la inspiración divina y me acuerdo que tenemos las pilas medio acabadas y necesitábamos un repuesto. No era plan estar grabando el acercamiento al Corcovado y justo en el momento en que lo estás sobrevolando quedarte sin pilas.
Preguntamos un lugar para comprar y nos dicen en la gasolinera de enfrente. Vamos corriendo y allí nos encontramos que tienen todo tipo de pilas menos las normales, las que necesitábamos.
Nos mandan a otro sitio. Así que a toda prisa y bajo un sol bien hermoso, nos dirigimos al mercado. Conseguimos las pilas y volvemos al helipuerto.
En principio creíamos que íbamos a ir Carlos y yo solos en el helicóptero. Pero cuando nos dirigíamos rápidamente hacia el helicóptero un tío trata de colarse para sentarse delante y me empuja con el hombro. Carlos me empuja para ponerme por delante de él, y sin pensármelo dos veces y como soy pequeñita , me escabullo y directamente me siento delante pese a las “quejas” del tío grandote que se quería colar.
Así que guay, con la cámara en mano y las pilas nuevas me preparo para grabar aquellas vistas espectaculares.










Después del helicóptero toca subir a la Cruz de corcovado. Un trenecito de cremallera te sube a la cima, 20 minutos hasta llegar arriba.
Pudimos ver la puesta de sol y contemplar la ciudad de noche. No nos entretuvimos mucho pues no nos quedaba tiempo para llegar al aeropuerto.
Cogimos un taxi y le comentamos la urgencia de ir al hotel a recoger las maletas y después dejarnos en el aeropuerto. El taxista se aplicó y nos llevó a toda leche con adelantamientos apurados. Llegamos al hotel, Carlos rápidamente recogió la maleta que teníamos y nos dirigimos al aeropuerto.
No sé por qué me dio por preguntarle a Carlos cuantos aeropuertos había y que si le había dicho el aeropuerto que nosotros queríamos. Carlos le pregunto al taxista y resulta que nos llevaba al aeropuerto internacional, justo el contrario. Con ese pequeño error perdimos 15 minutos y andábamos muy, pero que muy justos.
El taxista corría, hay que reconocerle el mérito aunque nosotros íbamos detrás algo “acongojados”. Pero la ley de Murphy no nos iba a dejar tranquilos: había acabado el partido de fútbol en el estadio Maracaná, pero aunque no estábamos cerca, justo pasamos delante de la sede del Botafogo (el equipo que había ganado) y los hinchas para celebrarlo o no sé que, estaba interrumpiendo la calle a los coches.
El avión salía a las 21 y la puerta de embarque se abría a las 20:45.
Llegamos al aeropuerto a las 20:48. Ahora tocaba correr por el aeropuerto. Subimos hacia la puerta que estaba indicada en el panel, y ahí nos comentan que debemos bajar para que nos sellen las tarjeta de embarque online. Otra vez corriendo a la otra punta para bajar e ir al mostrador. Agotados y nerviosos pues ya creíamos que no íbamos a poder embarcar, nos comenta la chica del mostrador que el vuelo se ha retrasado y que justo en ese momento el avión acababa de llegar. Dimos saltos de alegría y respiramos aliviados. Aprendimos una gran lección, esa situación no podía volver a ocurrir.


Esta foto es de un taxi. Para entretener a los clientes o más bien a ellos mismos, tienen tv instalada en el parasol. Por suerte, el super taxi que nos llevó al aeropuerto no llevaba.

Vuelta a Sao Paulo.
Vuelta a perrear, al gimnasio, piscina, jugar a los sims… no está mal. Y por la noche cuando llegar Carlos, a cenar a un nuevo lugar, cada uno más sorprendente que el otro.
Anoche estuvimos en un lugar que me pareció el restaurante más precioso que he visto nunca.
Una higuera centenaria de 150 años, imaginaros, enorme y precioso. Un tronco ancho y hermoso y multitud de ramas enormes cubriendo el techo a lo largo y ancho.
Dejando el árbol en el centro, habían hecho a su alrededor un restaurante, pijín eso sí, pero súper bonito y acogedor. Con un pianista tocando unas canciones preciosas, la luz de las velas. Rodeados por las ramas de los árboles. Me encantó el sitio.
Hoy a ver donde me sorprende Carlos. Ya me queda poco para volver, y donde si que quisiera volver, es a comer sushi al lugar donde estuvimos con Juan, el compañero de Carlos. Buffet libre de comida Japonesa. Me encanta